AMSTERDAM (II)

    La empresa mantiene un gran número de casas por todo el globo para alojar a sus directivos, acoger cenas de trabajo o reuniones de negocios, o simplemente por su valor como inversión patrimonial. La casa de Ámsterdam era una de sus favoritas. 
    Situada en uno de los canales menos turísticos de la zona de Jordaan, la casa, con su fachada de ladrillo rojo y ventanales a sangre que reflejan las aguas del canal, está lo suficientemente cerca del centro de la ciudad como para resultar útil, pero lejos de los coffee-shops, los escaparates de carne del Barrio Rojo y los guías turísticos que vocean la historia de la ciudad, seguidos por hordas de visitantes armados con guías de viaje y cámaras de fotos.
    La casa fue edificada a mediados del S.XVII por un adepto de alto grado, Johannes Van Eeden, quien bajo el aspecto de un honrado armador, se convirtió en uno de los ocultistas más celebres del norte de Europa, y rodeó la propiedad con sellos, protecciones y maleficios, que le sirvieron de poco, cuando a la edad de ciento cuarenta y tres años, pero conservando el aspecto de un lozano joven de veintitrés, fue detenido en Utrecht durante un retiro espiritual, acusado de sodomía, en compañía de dos jóvenes italianos, y un esclavo beninés de impresionantes atributos. Tras tres días de juicio, y en compañía de diecisiete gentilhombres más, Van Eeden fue condenado a muerte y estrangulado, lo que en su caso no hubiera supuesto un gran quebranto, de no ser por el celo del verdugo local, que bajo las órdenes de un misterioso enviado de Londres, le cortó también la cabeza, las manos, la lengua, ató sus tobillos con argollas de hierro y sus dedos con tallos de cáñamo trenzados. Su cuerpo fue enterrado bajo una pequeña capilla católica al Norte del país, y su corazón se trasladó en un arcón a Inglaterra, donde se perdió su rastro, de modo que una posible resurrección de su dueño se hizo imposible. Sus discípulos colocaron un compás y una escuadra en el frontón de la fachada, y arrancaron los sellos y las inscripciones para que la casa no sufriera el mismo destino que su dueño. La empresa se hizo con ella en los años cincuenta, cuando salió a subasta tras saberse que había sido usada como la casa privada de juegos de un oficial nazi de alto rango, ajusticiado en Núremberg.

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