Desde la noche de los tiempos, el ser humano ha sabido de la existencia de las cosas que están más allá de la razón. En todas las épocas, han existido historias sobre los dioses, los mitos, y también sobre los seres de las pequeñas cosas. Pero también existen esas otras, las prohibidas, las malditas, las que solo se cuentan en susurros. Este es el testimonio, de aquellos que lucharon para erradicarlas.
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AMSTERDAM (II)
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La empresa mantiene un gran número de casas por todo el globo para alojar a sus directivos, acoger cenas de trabajo o reuniones de negocios, o simplemente por su valor como inversión patrimonial. La casa de Ámsterdam era una de sus favoritas. Situada en uno de los canales menos turísticos de la zona de Jordaan, la casa, con su fachada de ladrillo rojo y ventanales a sangre que reflejan las aguas del canal, está lo suficientemente cerca del centro de la ciudad como para resultar útil, pero lejos de los coffee-shops, los escaparates de carne del Barrio Rojo y los guías turísticos que vocean la historia de la ciudad, seguidos por hordas de visitantes armados con guías de viaje y cámaras de fotos. La casa fue edificada a mediados del S.XVII por un adepto de alto grado, Johannes Van Eeden, quien bajo el aspecto de un honrado armador, se convirtió en uno de los ocultistas más celebres del norte de Europa, y rodeó la propiedad c...
AMSTERDAM (I)
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Una versión anodina de “ Té para dos ” acompañaba los murmullos de las conversaciones entre los hombres y mujeres trajeados, que entraban y salían del ascensor en cada planta. Los ascensores le tranquilizaban. Eran idénticos en todos los edificios de la compañía, desde Hong Kong a Mali. Pequeños espacios metálicos que transportaban a miles de personas cada día, enfrascadas en conversaciones de negocios, con la vista fija en sus teléfonos m ó viles , soñando de pie entre la multitud. Y jamás le miraban. Se quedaba en el fondo del ascensor estudiándolos, oliéndolos, disfrutando de la invisibilidad temporal del anonimato. Esos cortos minutos de ascensión entre la gente eran su parte favorita del trabajo. Al llegar al último piso, solo quedaban en el ascensor él y una joven asiática que salió a toda velocidad con un fajo de carpetas en una mano y una bandeja con tazas de café desechables en la otra. B.J. Thomas comenzó a cantar sobre gotas de llu...