AMSTERDAM (I)
Una
versión anodina de “Té
para dos”
acompañaba
los
murmullos de las conversaciones entre los
hombres
y mujeres trajeados, que entraban y salían del
ascensor en cada planta.
Los ascensores le tranquilizaban. Eran idénticos en todos los edificios de la compañía, desde Hong Kong a Mali. Pequeños espacios metálicos que transportaban a miles de personas cada día, enfrascadas en conversaciones de negocios, con la vista fija en sus teléfonos móviles, soñando de pie entre la multitud. Y jamás le miraban. Se quedaba en el fondo del ascensor estudiándolos, oliéndolos, disfrutando de la invisibilidad temporal del anonimato. Esos cortos minutos de ascensión entre la gente eran su parte favorita del trabajo.
Al llegar al último piso, solo quedaban en el ascensor él y una joven asiática que salió a toda velocidad con un fajo de carpetas en una mano y una bandeja con tazas de café desechables en la otra. B.J. Thomas comenzó a cantar sobre gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza. Con un gesto de cansancio sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y la acercó al lector de infrarrojos situado junto al pulsador del ascensor. La pequeña pantalla parpadeó verificando los códigos de seguridad, y el ascensor volvió a ponerse en marcha ascendiendo hacia las zonas reservadas a los jugadores de primera división del mundo de la especulación bursátil.
Los ascensores le tranquilizaban. Eran idénticos en todos los edificios de la compañía, desde Hong Kong a Mali. Pequeños espacios metálicos que transportaban a miles de personas cada día, enfrascadas en conversaciones de negocios, con la vista fija en sus teléfonos móviles, soñando de pie entre la multitud. Y jamás le miraban. Se quedaba en el fondo del ascensor estudiándolos, oliéndolos, disfrutando de la invisibilidad temporal del anonimato. Esos cortos minutos de ascensión entre la gente eran su parte favorita del trabajo.
Al llegar al último piso, solo quedaban en el ascensor él y una joven asiática que salió a toda velocidad con un fajo de carpetas en una mano y una bandeja con tazas de café desechables en la otra. B.J. Thomas comenzó a cantar sobre gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza. Con un gesto de cansancio sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y la acercó al lector de infrarrojos situado junto al pulsador del ascensor. La pequeña pantalla parpadeó verificando los códigos de seguridad, y el ascensor volvió a ponerse en marcha ascendiendo hacia las zonas reservadas a los jugadores de primera división del mundo de la especulación bursátil.
-
Buenas tardes señor. La sala está preparada, y el resto de
asistentes están listos. ¿Me permite su maletín?. Muchas gracias.
Por aquí por favor. ¿Querrá el señor un café antes de comenzar?.
El cielo
nuboso de Ámsterdam, filtraba los rayos de luz que se colaban a
través de las pesadas cortinas de la sala de reuniones, dibujando
las siluetas de seis personas vestidas con túnicas, que cubrían sus
cabezas con capuchas, sentadas alrededor de una gran mesa circular,
en cuyo centro descansaba un enorme fardo de tela atado con cuerdas
que no dejaba de temblar.
- Gracias
Frederick, no será necesario. ¿Te importaría traer mi túnica?
Buenas tardes a todos.- saludó, mientras desanudaba su corbata, y
dos subalternos le ayudaban a desvestirse. Todas las cabezas se
inclinaron a modo de saludo. Las de Till y Gloria menos que las
demás. “Que encanto”, pensó, conteniendo a duras penas una
sonrisa mientras los ayudantes de Frederick untaban su cuerpo desnudo
con un ungüento maloliente y espeso, protegidos con guantes.-
Bienvenidos seáis a esta casa.
Al oír la
frase ritual de bienvenida, los encapuchados se levantaron de sus
asientos y elevaron las manos. Mientras las manos de los ayudantes
frotaban con fuerza el bálsamo a lo largo de sus piernas, notó la
presión de los dedos de Frederick empujando la mezcla de bufotoxina
y acido lisérgico dentro de su ano. En el centro de la mesa el fardo
de tela se expandía y contraía rítmicamente, mientras el resto de
celebrantes comenzaba una salmodia repetitiva y ronca.
Todas las reuniones de ejecutivos del mundo son iguales. Todas. Exactamente iguales. El objetivo es siempre el mismo. Se puede hablar sobre el precio de la madera en el mercado secundario, o sobre si es conveniente absorber una pequeña compañía vietnamita que ha desarrollado una aplicación móvil de mensajería que puede desestabilizar el mercado, o sobre cuántos puestos de trabajo son prescindibles para presentar una cuenta de resultados positiva ante una junta de accionistas. Pero todas esas cosas no son, en realidad, nada más que capas de maquillaje, ropa, pelucas, attrezzo y juegos de manos. La verdad que se esconde detrás de toda esa parafernalia es el poder. Como arrebatárselo a otros, como mantenerlo, como obtener más,
El segundo punto en importancia es el lenguaje. Desde la compañía de taxis regional a la multinacional del sector de la alimentación, los altos cargos, los directivos, utilizan un lenguaje propio en sus reuniones para obscurecer sus razonamientos a los no iniciados. Cálculos, diagramas, estimaciones, grandes memorandos y presentaciones animadas, componen una liturgia propia, un rito que sirve para dar solemnidad a la reunión.
El tercer punto siempre es el sacrificio: Tomar la decisión de acabar con la carrera de ese joven prometedor, que revolotea demasiado cerca de los puestos directivos, cerrar la planta de envasado de Sausalito y reubicarla en Grozni, e incrementar los beneficios trimestrales en un doscientos por cien envenenando a siete generaciones de mano de obra agradecida, vomitando sustancias químicas en el río local, o cancelar el presupuesto del laboratorio que estaba a punto de sintetizar una vacuna efectiva contra el cáncer, para evitar perder los beneficios de los medicamentos paliativos producidos por otra filial de la misma empresa.
Todas las reuniones son iguales. Todas son un aquelarre. Pero las buenas son aquellas en las que sientes una erección mientras un licenciado en Económicas por Harvard te mete el equivalente a veinte gramos de peyote por el culo para conseguir que Satanás en persona te de su bendición antes de lanzar una OPA.
La mesa cantaba Zazas zazas... Cortó las cuerdas y retiró la tela para descubrir el cuerpo inconsciente de un tipo gordito, pálido, con el cuerpo cubierto de vello pelirrojo, que temblaba mientras le abandonaba la anestesia. Se acercó a la presidencia de la mesa, cogió una daga de color negro y al ver que el gordo abría los ojos sin comprender, se la enterró en el ojo derecho con tanta fuerza que pudo oír como la órbita crujía al romperse. Los demás levantaron sus puñales y como en la coreografía de una película de Esther Williams, fueron apuñalándolo según su jerarquía. Una y otra vez, enterraron sus dagas entre chorros de sangre, los gemidos ahogados y desesperados del cordero sacramental de noventa y cinco kilos y problemas de colesterol, los gritos de júbilo de los asistentes mas jóvenes, la orina y los gases.
Y cuando por fin todos saciaron su rabia, y las pálidas piernas del pelirrojo dejaron de temblar, uno a uno empezaron a cortar los bocados que se iban a comer.
Todas las reuniones de ejecutivos del mundo son iguales. Todas. Exactamente iguales. El objetivo es siempre el mismo. Se puede hablar sobre el precio de la madera en el mercado secundario, o sobre si es conveniente absorber una pequeña compañía vietnamita que ha desarrollado una aplicación móvil de mensajería que puede desestabilizar el mercado, o sobre cuántos puestos de trabajo son prescindibles para presentar una cuenta de resultados positiva ante una junta de accionistas. Pero todas esas cosas no son, en realidad, nada más que capas de maquillaje, ropa, pelucas, attrezzo y juegos de manos. La verdad que se esconde detrás de toda esa parafernalia es el poder. Como arrebatárselo a otros, como mantenerlo, como obtener más,
El segundo punto en importancia es el lenguaje. Desde la compañía de taxis regional a la multinacional del sector de la alimentación, los altos cargos, los directivos, utilizan un lenguaje propio en sus reuniones para obscurecer sus razonamientos a los no iniciados. Cálculos, diagramas, estimaciones, grandes memorandos y presentaciones animadas, componen una liturgia propia, un rito que sirve para dar solemnidad a la reunión.
El tercer punto siempre es el sacrificio: Tomar la decisión de acabar con la carrera de ese joven prometedor, que revolotea demasiado cerca de los puestos directivos, cerrar la planta de envasado de Sausalito y reubicarla en Grozni, e incrementar los beneficios trimestrales en un doscientos por cien envenenando a siete generaciones de mano de obra agradecida, vomitando sustancias químicas en el río local, o cancelar el presupuesto del laboratorio que estaba a punto de sintetizar una vacuna efectiva contra el cáncer, para evitar perder los beneficios de los medicamentos paliativos producidos por otra filial de la misma empresa.
Todas las reuniones son iguales. Todas son un aquelarre. Pero las buenas son aquellas en las que sientes una erección mientras un licenciado en Económicas por Harvard te mete el equivalente a veinte gramos de peyote por el culo para conseguir que Satanás en persona te de su bendición antes de lanzar una OPA.
La mesa cantaba Zazas zazas... Cortó las cuerdas y retiró la tela para descubrir el cuerpo inconsciente de un tipo gordito, pálido, con el cuerpo cubierto de vello pelirrojo, que temblaba mientras le abandonaba la anestesia. Se acercó a la presidencia de la mesa, cogió una daga de color negro y al ver que el gordo abría los ojos sin comprender, se la enterró en el ojo derecho con tanta fuerza que pudo oír como la órbita crujía al romperse. Los demás levantaron sus puñales y como en la coreografía de una película de Esther Williams, fueron apuñalándolo según su jerarquía. Una y otra vez, enterraron sus dagas entre chorros de sangre, los gemidos ahogados y desesperados del cordero sacramental de noventa y cinco kilos y problemas de colesterol, los gritos de júbilo de los asistentes mas jóvenes, la orina y los gases.
Y cuando por fin todos saciaron su rabia, y las pálidas piernas del pelirrojo dejaron de temblar, uno a uno empezaron a cortar los bocados que se iban a comer.
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